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Reseña de sólo Tempestad, por Julio Darío Vera

28 de Noviembre de 2017

Por Alejandro Cesario
Algo llamado progreso

Por Julio Darío Vera

 

La última sombra de Alejandro Cesario es, a grandes rasgos, un poemario con un profundo contenido social. Es un viaje que recorre los diferentes rincones de la ciudad, que se presenta moderna y decadente a la vez, con algunas áreas ostentadoras de los mejores logros de la civilización y al mismo tiempo dueña de rincones obsoletos. Este viaje con diferentes escalas posibilita inmiscuirse en cuestiones sociales como la diferencia de oportunidades entre los individuos, las maniobras que ha tenido que realizar el hombre para adaptarse al vertiginoso cambio urbano-cultural y las vivencias personales marcadas por ciertas desventajas que imponen los condicionamientos sociales.

A partir de los sucesivos acercamientos y recortes sobre la realidad conducidos por la sensibilidad de Alejandro, se exponen -con imágenes filosas que tienden a crear una atmósfera de oscura nostalgia- escenarios precarios y abandonados que ya no encajan en el sistema como fábricas abandonadas, baldíos y casas de zinc; lo que deja en evidencia incógnitas no sólo sobre las características de la civilización sino, más controversial aún, sobre la idoneidad de ese concepto que se persigue llamado “progreso”. ¿Cuáles son los valores que se defienden a ultranza? ¿Qué limites hay que catalogar cómo criterio para establecer un modelo de conducta, una forma de vida? ¿Hasta que punto el anhelo por avanzar subordinará el bienestar general de la comunidad, considerando, por supuesto, también los sectores más débiles?

Los protagonistas a lo largo del libro suelen ser seres marginales, individuos que por un motivo u otro han sido desplazados del plan maestro de la sociedad, y sobreviven en condiciones precarias no sólo a nivel material; ya que, como se describe con agudeza quirúrgica, las desventajas para el sector débil abarcan también aspectos del individuo que afectan su fuero interno, su desarrollo como ser humano. Aparecen, entonces, indigentes haciendo fila para mendigar ante una catedral, familias sufriendo los inconvenientes de vivir en una villa, vagabundos en la odisea cotidiana de encontrar algún refugio o resignarse a la intemperie como instantáneas en primer plano de una realidad que se quiere omitir o por lo menos se mira de reojo.

Hay un tono lúgubre en todo el poemario. Las imágenes incisivas incursionan por la desazón y la amargura; algo de su elocuencia permite reconocer un núcleo genuino a la hora de manifestarse. En definitiva, logran intensificar la crudeza de las situaciones que se describen a fuerza de sentencias que suelen rozar cierto surrealismo. Además de enriquecer estéticamente, cumplen con el objetivo de guiar a diferentes estados de furia, tristeza y desesperación que potencian la contundencia de los mensajes de cada poema.

Siendo su mayor virtud la extracción de pasajes poéticos en la vida cotidiana, con una belleza que proporciona una visión amena de casos lamentables de la condición humana, se puede admitir también –en algunos poemas más que en otros- una ligera ternura por la naturaleza, por la vida, por el arte. No me resultaría raro que pueda despertar un entusiasmo similar en el lector por la poesía cuando termine el libro.