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Presentación de Luis Tedesco

28 de Noviembre de 2017

Por Alejandro Cesario
La decrépita maceración de lo real

La última sombra

 

La decrépita maceración de lo real: así se me ocurre, glosando el desnudismo hiperbólico, rabioso, ético hasta la desmesura de sus componentes piadosos, iniciar esta presentación, esta lectura, de LA ÚLTIMA SOMBRA, último libro de mi amigo Alejandro Cesario. Digo lectura en el sentido confidencial que se establece entre las palabras de un texto escrito y las mismas  palabras murmuradas en ese subterráneo mágico que es el cerebro del lector, dispuesto a ser invadido, a invadir, ese territorio de imágenes que se le ofrece para sufrir, gozar, estremecerse ante lo nuevo, lo no dicho de ese ir y venir de cuerpos y objetos en la desdicha del único absoluto que nos ha sido dado conocer: la maceración decrépita de lo real.

 

Alejandro Cesario se propuso, desde el primero hasta el último verso, eludir, renegar, despegarse de cualquier ambientación abstracta, esencialista, profunda en el decir panegírico de sus cultores, ambigua hasta la inanición del “animal lingüístico” que nuestro poeta propone para su poesía: un animal que mastica, desventurado, las palabras que enuncian su malestar en el barrio, en la ciudad, en el mundo, es decir, su inadecuación, su hambre inactual ante la inequidad del sentido que la realidad le propone para que vaya -como le gusta al buen decir de la poesía- más allá de las apariencias supuestamente engañosas  que obturan la visión de lo trascendente. Pero no, Cesario no quiere ir más allá, Cesario quiere ver, desde aquí, lo más abyecto del aquí, el hoyo crematorio donde el paso de lo real entierra las formas insurgentes, inadaptadas, ese muchísimo sobrante  de miseria que la civilización fosiliza para enaltecer sus monumentos.

 

 

El sujeto lírico de este libro no pertenece a la casta privilegiada de los vates de la armonía, de la serenidad esencial, intangible, acaso protectora de esa pulcritud desmayada que se defiende ante los embates del instinto depredador donde pulula el inconsciente, masa invisible de fantasías carnívoras no siempre cercenada por la represión astringente, correctora de anomalías sensuales y también contestarías. Alejandro Cesario no es portador de buenas noticias acerca de nuestro acontecer en la vida. “me quedé perdido, rogando una vacante”, escribe, y dirá más: “(me) persigue una lengua muerta, / que punza, que (me) estrangula el habla”. Aquí no hay malditismo a la manera de las gemas lujosas que pergeñaba Pizarnik invocando la belleza de sus contracciones subjetivas en el desdén imaginario donde lo plebeyo ofendía los contornos melancólicos de su desfalleciente espiritualidad. El poeta de LA ÚLTIMA SOMBRA perdió su vacante, ruega por ella, un empleo, una condición estable para su entidad humana, un habla acaso familiar, que diga de sí, no de los estropajos de lo invisible, de las esencias supuestamente luminosas carcomiéndole las sílabas.

 

El idioma aquí, en estos poemas, no intuye; simplemente, ve; mejor dicho, mira, despedaza toda ilusión sensiblera, no se desploma iluminado por las ambigüedades metafísicas de un poniente inalcanzable. El idioma se arrastra, compungido, mezclado como está con los desechos de ese “vasto territorio del desamparo”, el saciado desgaste que raspa el paisaje como el paisaje raspa el andar abatido del caminante que ve, que no puede dejar de penetrarse en lo que ve, mientras debajo, enterrada debajo de sus pies, la civilización rema su andar en el olvido, “se columpia en el desprecio”. Cesario alucina la miseria y está lejos, muy lejos, del delirio musculoso, del libertinaje presuntamente transgresor del demonismo superestar: “Hay dos noches”, escribe, “una con agua corriente / y otra / donde la miseria rebalsa el pozo ciego”… “Y abajo / más abajo / fermentando sus sueños, rastrillando para el puchero, / pobres basureando / sobre un patíbulo nevado”.

 

Les guste o no a la crítica adocenada por el militarismo universitario -también, más suavemente, se lo podría llamar militancia del exhibicionismo teórico-, Cesario escribe poesía lírica, lírica en el estricto sentido del sucio lirismo quevediano, donde lo visible y la enfermedad que lo fermenta, lo real y el espejo del alma donde el cuerpo se deforma, se unifican, se plasman, se hacen historia en esa cosa que llamamos mundo. La belleza, patrimonio del poder, nunca es inocente. La fealdad, la deformidad que produce la pobreza, tampoco es inocente, pero al menos le queda la posibilidad de producir el eléctrico resplandor de la desgracia que advierte y aplica, insubordinada, la sintaxis demoledora de su nada. La poesía no construye mundo, la poesía ve el mundo con la implacable voluntad de su mirada tendida hacia la cualidad que falta, aquello que no está: “veo y veo”, escribe Cesario, “cabezas sin vocales, sin puntos, sin comas”. Esto es lo que nos queda: un mundo maltrecho por la divinización dineraria de la injusticia.

 

El libro de Alejandro Cesario no pide caridad, no pide subvenciones, ni siquiera pide amor, sólo pide una vacante, un lugar donde trabajar, ahora que el hombre nuevo y la utopía se han convertido en cachivaches del digno pensar universitario.

Luis O. Tedesco