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Reseña por Analía Pinto

30 de Noviembre de 2017

Por Milton Rodríguez
Las cosas en su naturaleza

Ya se dijo que reseñar poesía no es fácil. No vamos a insistir con el tópico, pero por algún lado hay que comenzar a desovillar el hilo que se me ha vuelto (¿que se me ha entreverado?) esta reseña. El problema consiste siempre en la rotunda autonomía del texto poético. No necesita explicaciones ni instrucciones ni cartelitos que digan “esto es un poema”. Si los necesita, podemos concluir sin temor a equivocarnos que nos encontramos frente a otra cosa, pero no frente a un poema. Y a más de autónomo, el texto poético es irreductible. Lo que sea que se diga acerca de él constituye otra cosa y no el texto en sí mismo. No hay posibilidad de trasvase. ¿Cómo lograr, entonces, que el lector potencial se interese en la potencial lectura de textos que apenas puede vislumbrar mediante la torpeza de quien reseña?

Dicho esto, corresponde que se intente, cuando menos, decir algo que acerque a o tan siquiera haga al lector espiar ese objeto tan fascinante y oscurantista que es la poesía. La de Milton Rodríguez, al menos en Diarios entreverados (Ediciones La Yunta, 2015), es la poesía de un hombre solo. Esta fue la primera y rotunda impresión. Podemos preguntarnos qué hombre no está solo sobre la faz de la Tierra y de pronto anochece y respondernos que claramente todos, pero sin hacer tanto aspaviento filosófico, sí podemos decir que, por lo pronto, el yo lírico que asoma en estas prosas y en estos poemas es del un hombre solo que en ocasiones recorre la ciudad (y rápidamente nos damos cuenta que es Buenos Aires), pero también recorre eso que, con algún escándalo, podemos llamar “el campo” o ciertos paisajes rurales, ciertas referencias al centro y al norte de nuestro país.

Y es precisamente el sector del poemario que alude a ese vasto y diverso campo, “El otro poemario” (y en menor medida “Anotaciones”), el más logrado en mi opinión. No porque el resto no lo esté que lo está, pero no ofrece el mismo riesgo, no hay el mismo tenor de refuncionalización y hasta me atrevería a decir “purificación” (en el sentido de destilar, de eliminar lo que no sirve para dejar lo esencial) de la gauchesca que aparece en este sector. Sin, justamente, aspavientos, sin el excesivo y recursivo color local, sin entrar en pose, aparecen poemas que traen un lejano pero persistente regusto a Hernández, sin, desde luego, la rima molesta y la amonestación moral. Versos como “Levanté mi sombra, /como quien se saca / un peso del alma” o “Y / fue hacia / el Norte, / donde los cerros / quedaron mochos / de juntar penuria” o “el alma en cueros / de mi amigo muerto”, no sólo reflejan a aquel hombre solo que aparece a lo largo de todo el poemario sino que también dejan entrever esa esencia casi gauchesca aquilatada y aligerada de varios de sus males y refulgurando renovada.

A su vez, en la primera parte del poemario, los “Diarios entreverados” propiamente dichos, hay algún atisbo de esta misma esencia (ya en el título se la puede apreciar, por aquello del “entrevero”: lo que está mezclado pero también la pelea, el borgeano duelo a cuchillo) así como en el laconismo que preside la redacción de esos diarios: “Escribe frases como si fueran refranes” o “Y, cuando uno está solo, la pilcha colgada es una compañía”.

El laconismo, la depuración, los versos cortos (o con el largo justo), la prosa sentenciosa mas no recargada, el ritmo que se construye en la vacilación, en la sensación, en el eco y no en la fácil silueta de la rima, presiden también los otros dos apartados del poemario: “Soledad” y “Ciudades”.

Analía Pinto.