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Presentación de Parto, un tríptico.

30 de Noviembre de 2017

Por Moira Irigoyen
La vida adora lo nuevo
La vida adora lo nuevo.
Moira me dijo esto hace poco, es una cita de una novela, creo que de Michael Cunnigham. Nos hemos citado mutuamente tantas veces lo que leímos, que ese entramado de lecturas y de escritores que recorrimos es como el vaivén de una hamaca que acompaña la amistad, paralelo, delicado. Muchos años atrás me leía por teléfono párrafos enteros de algo que acababa de descubrir. Edith Warthon, Lorrie Moore, Anita Brookner, y el listado atraviesa los años, ya se convierte inmediatamente en lejano vaivén de hamaca. Una vez me dijo: “la nuestra es una amistad fundamentalmente telefónica”. Sí, me dejó perpleja. Párrafos leídos por teléfono, un sábado a la mañana, un lunes a la tarde, antes de una fiesta, después de acostarse. No solo escritoras, sino también escritores. Pero fundamentalmente escritoras, en general inglesas o norteamericanas: Doris Lessing, Flannery O`Connor, Carson Mc Cullers.
Hace un tiempo ha cambiado la modalidad, ha virado hacia cierto minimalismo y me suelta frases que ha leído. Ahora usa el WhatsApp y se irrita un poco si, como dicen mis hijas, le clavo visto y no le contesto enseguida. Lo cierto es que yo permanezco un momento con la frase en la cabeza, suspendida en el impulso ascendente del movimiento, y después la conversación sigue por otros recorridos, y más tarde la vida propia también sigue por sus circunstancias, pero hay algo que permanece, varios días, hasta que se inicia el inevitable movimiento descendente, y luego se difumina, más tarde se deshace.
Que la vida adore lo nuevo es, claro, una buena noticia. Una noticia que ella me da, como si me mostrara de golpe, en mitad de un día trajinado, una naranja sagrada sobre su regazo, que me invita a contemplar. Convengamos que hay que tener una voz para leer párrafos o acercar frases de ese tenor. Hay que tener una voz para decir: “la vida adora lo nuevo”. Aquellos que queremos a Moira sabemos de la particularidad de su voz. Me refiero a su voz estrictamente física, que es aireada, ligeramente ronca, que estira las enes al final de las palabras como canción o Ninón. Tengo las suficientes horas de vuelo telefónicas y en presencia para encontrar los adjetivos que la describan y califiquen. Pero como en esas horas ella me leyó párrafos literarios, en honor a esa espléndida circunstancia de la vida, hablaré entonces del vaivén, específicamente. Todo aquello que uno puede hablar del complejo vaivén de una voz literaria poderosa, cercana, en el ajustado y preciso formato de la presentación de un libro.
“Han pasado varios días y los días, el tiempo, la experiencia del tiempo, ha ingresado en una zona distinta. Aquí las palabras tienen un régimen distinto, no las liga la cacofonía o la belleza, sino una exactitud que no deja de asombrarte, la precisión con que la materia se abre paso por el canal de la vida”, dice el narrador de Parto, el último relato y el que le da nombre al libro.
Parto, un tríptico, contiene tres cuentos de largo aliento. Ya en la extensión de cada uno se advierte la decisión de un fluir narrativo que apuesta al florecimiento de algo que se macera en la lectura, y que vuelve sobre sí mismo, como un vaivén, en el sentido en que Moira apuesta fundamentalmente a la forma del lenguaje, a una escritura en la que la trama funciona como impulso narrativo para, precisamente, permitir que se alcance y se desarrolle una voz. Una voz extensa, de intensidad notable, que circunda y merodea hasta rodearla, sin definirla nunca, la experiencia del tiempo. Diría: la experiencia femenina del tiempo. Diría más, ya que estoy: una experiencia femenina del tiempo que parece dialogar, para mí, con estos versos del poeta Mark Strand, que ella perfectamente podría haberme leído hace unos años:

Todos tenemos razones 
para movernos.
Yo me muevo
para dejar las cosas intactas.

La voz de estos relatos no delimita, no cierra, no ajusta, recorta hábilmente, para que parezca que no lo está haciendo y, por sobre todo, lo que defiende denodadamente, esa voz aireada y ronca, es el fluir. La voz se empeña en dar cuenta de aquello que fluye, de la percepción de lo que se mueve en el tiempo. Hay desplazamientos espaciales en los tres relatos, pero de lo que se habla fundamentalmente es del movimiento en el tiempo. Y aquello que la voz dice es que para que haya algo nuevo, para que siempre se configure, de alguna manera, la particular experiencia de lo nuevo, hay que moverse. En esto es implacable. La voz aireada y ronca se mueve no solo para dejar las cosas intactas, sino para inventarlas intactas. Tal vez ese sea uno de los gestos más profundos de la literatura que Moira y yo nos presentamos mutuamente, compartimos, discutimos, traficamos, en persona, por teléfono, por mail –hubo una época de mails casi diarios entre nosotras, “el formato mail”, como ella lo llamaba, “¿volvemos al formato mail, glorieta?”, me invitaba, en el formato conversación telefónica-, que nos une desde que éramos estudiantes de Letras. Además de presentar su libro hoy, quiero agradecer ese puente entre nosotras tendido permanentemente, como una marca de agua, sobre ese fluir.
“Hay que decir que Marcia siempre bautizó bien”, dice el narrador de Todos los gatos descienden de los faraones. “Cuando lo llamó Geniol a Geniol –eso tienen los nombres, cuando son buenos se incrustan a las personas como abrojos y ya no hay manera de separarlos- todos largamos la carcajada”.
Lo que la voz se empeña en dejar intacto y en inventar intacto es la posibilidad de la perturbación profunda, y para que la perturbación se produzca el movimiento no debe cesar. Ese imperativo parece constituir, como un destino o un sueño dirigido, a los personajes principales de los tres relatos: en Todos los gatos descienden de los faraones, Jorgito avanza hacia el pasado, de la mano de Marcia, hasta encontrar que ese pasado está cerrado –y esto es lo inesperado- delicadamente sobre sí mismo. En Su Majestad, el Océano, la protagonista narrada por una íntima segunda persona decide abandonarse a la intemperie, a cada detalle de una intemperie majestuosa en su crueldad, hasta cruzarse con el rostro de la muerte. En Parto, una mujer se sube a un avión y se va de viaje con su madre para vislumbrar el riguroso magma de su propia maternidad. Son personajes que, de algún modo, conservan una naturaleza original que se mantiene intacta, un papel asignado en un drama que no puede ser cambiado ni es tampoco intercambiable.
La voz los acompaña, los rodea, los sigue en el recorrido con la respiración más cercana, por momentos, a una novela breve que a un cuento, como si los límites del género llegaran a tensarse, exactamente del modo en que una frase como “La vida adora lo nuevo” hace florecer de golpe la pantalla de un teléfono celular, esté donde uno esté, en cualquier instante – se trata, ya lo dije, de la experiencia femenina del tiempo- del movimiento.
Esta semana estuve a punto de escribirle un mensaje a Moira que reprodujera una frase que no olvidé de Parto, el último relato. Nos mantuvimos en silencio esta semana, de modo que se la diré acá. El lunes estuve en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, en el bar al aire libre. En ese espacio, por motivos que no puedo explicar, encuentro un lugar en el mundo. No voy seguido, pero me sucede eso. Las misteriosas razones que tenemos para movernos, para dejar las cosas intactas. En el bar, al aire libre, leí el libro, completo, por última vez.
Y leí:
“…vos pensaste en las extrañas combinaciones que ofrecía el castellano, o la vida tal vez, la de los sueños no consumados, la de las posibilidades abiertas en el corazón de las cosas y, sin embargo, no verdaderamente abiertas, que quedan girando –apacible o furiosamente- por siempre bajo un cielo de estrellas”. Después caminé un rato, miré los árboles. Creo que es un momento en que todos miramos los árboles, nos hacemos de alguna manera la pregunta de Bertold Brecht:
¡Qué tiempos son estos en que
hablar sobre árboles es casi un crimen
porque supone callar sobre tantas alevosías!
Soy muy hipermétrope ahora, de modo que debo aguzar la vista para el detalle de las hojas, de la luz, del camino que nuevamente me traerá y me llevará a un libro, y especialmente para mantenerme siempre en movimiento, para que las posibilidades abiertas en el corazón de la cosas sigan abiertas, se inventen, con rigor, intactas, y se esté a la altura de adorar lo nuevo, ya que el castellano nos ofrece esa posibilidad.


Gloria Peirano.