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Reseña por Laura Estrín

28 de Noviembre de 2017

Por Milton Rodríguez
Unos domingos

Los poemas chiquitos de Milton Rodríguez son geniales, exquisitos, breves, tristes -gran clasificación-, contundentes o duros, quiero decir también, silenciosos. Dicen algo y se cierran. Lo que hay que hacer en poesía. Son crónicas de un alma. Pintura. De pintores breves se trata acá. Ni una palabra demás, ni un ruido. Por eso no puedo citarlos, habría que copiarlos todos de nuevo.

Trae voces, recuerda, se ve, se siente.

Trae pocos hombres, él mismo, alguien visto. Una mujer que "podría haber sido otra cosa" pero no lo fue. Por eso quedo atrapada en la melancolía del tiempo de Milton, del que él retrata y trae.

Palabras con congoja propia. Monosílabos, dice.

Un grito de toda una vida silenciado por la cautela es el poemario. La historia así o de ese modo se entiende. Tentativa de actor. Se puede releer, voy y vuelvo por ellos, porque usa palabras buenas: un "recordador".

Unos domingos es el sol de otoño en que lo leo: con viento benigno, no fuerte.

Primer libro de un poeta que lo fue siempre. Un solitario que fue mirando, anotando y sintetizando en tres palabras tristes el mundo cercano. El pasado está pero sin montaña. Las palabras que reúne son permiso motor para mis palabras, me hace escribir buena.

Melodía, tal vez tango, seguro canción. Vidala, baguala, coplita: a lo mejor se a quien escuchamos. Milton sabe lo que hace: "La música, vendría a ser, la otra parte del tiempo" -se dice a sí mismo, me parece, al final.

Hermosas páginas blancas con palabras poquitas manchando con buen modo.Y la muerte, la vejez, el tiempo que pasa, claro, por supuesto, ¡a qué otra cosa atender! ¡De qué otra cosa hablar y escribir! Milton acometido por lo vivaz de la melancolía: la muerte que nunca está lejos si se siente, escribe y se es sincero con uno mismo.

Algunas palabras son distintas a las palabras que lleva tranquilo, son más "lerdas", pero si bien apocadas todas, algunas se van de la casa de sus palabras ("La casa de las penas") a un lunfa cercano y personal. Son chicharras de otoño, más lentas, sin demasiado atrevimiento, ni calor, ni canto de ruptura. A Milton se le escapa un solo "Spleen"... Porque siempre, para nosotros es un "minga de la vida".

Poesía que caminó. Hay calles en ellas, signos claros, pero lo que mas arma, tranquilo, es un pedazo de ciudad. Bien clara. Dolorosa. Solitaria.

Con lindos claros entre el cortito fraseo, como en "Camino de Cintura y Crovara". Milton seguro se sentó en una esquina, en un café y vio bien. Milton parece un caminador husmeador que sin compañía molesta ojea y anota. Y que se fue solo a su casa a traicionarse en mucha soledad porque no tuvo iguales, o fueron pocos sus laderos.

Milton registra la miseria urbana, anduvo atento. "Como un loco/y un suicida" pero contuvo la locura y la muerte para seguir bajito silbando sus palabras cuidadas.

Se que hago un retrato. Pero sus palabras, sus versos chicos lo hacen perfecto antes que yo. Como aquella "chancleta" que Savino contó, Milton se anota el poroto un poco feo de "costadeando". Pero cuando las palabras son propias, digo, ningún disfraz, hay que meter violín en bolsa. Milton no tiene ninguna máscara o "pretensión", como su verso dice. Él se eligió ya. Ahora su libro. Ahí "Oran las ramas", ni rezan ni cantan. Milton a veces tiene sus 'arribas'.

Milton se escribió solo, esta claro. Se "ganó memoria". Se hizo su propio tranco. Y yo, seguro, me mimetizo con él porque escribe como me gusta que se escriba poesía.

Sin permiso pone "Nota" y ese final en prosa, "Los últimos días": “en otro voy a usar la parola que siempre me criticaron" "si no se sabe expresar es porque no lo siente del todo". Son frases del libro que hablan también del libro. Sé como las llaman. La buena poesía lo dice así mejor.

Del final: "Pero si le cuento mas, van a pensar que estoy guitarreando. No siento mas que lástima por la vida".

Unos domingos, hermosísimo nombre, qué buena manía, leído un domingo de principios de mayo.

Laura Estrín.