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Reseña por Laura Estrín

28 de Noviembre de 2017

Por Andrés H. Allegroni
Hospitales

Donde “el sol rearma los espacios” una literatura real, durísima, sin ficción alguna, eso que sirve a los que duermen y se entretienen -como dice Sánchez- aparece. Hospitales son historias sentidas, trágicas, terribles, como la misma locura. Pero la forma lírica de Allegroni, traída de ciertos lugares lectores, nos llega con sus maneras justas que no abundan. Allegroni supo encontrar cómo poner a los locos que conoció en sus frases. Un ejemplo es el trabajo múltiple que hace con la cita genial de Ungaretti modificada por un interno y luego comentada en dos traducciones distintas más. En ese doble desplazamiento estuvo su tino, su precisión de ver y escuchar. Entonces los locos fuman, pero en este libro dicen: “No sea cosa que el tiempo no funcione más y yo me quede sin el humo; porque sabe señor, el humo le sirve a uno como compañía”. Allegroni es testigo. Algo muy difícil. Algo muy preciso. Algo medido. Una forma que no es prosa lírica ni es verso extendido se viene en esta obra.

“Yo, testigo de las voces,

Recuerdo que pensé que la locura era cientos de miradas que transitan entre sombras;huesos que caminan en silencio; y una cierta constancia en el dolor”.

Allegroni escribe perfecto la locura en el tiempo: “Parece que todos estuvieran apurados por la mañana, en cambio por la tardecita, cuando baja el sol, es al revés, parece que la locura anduviera descansada”. Los locos parecen saber que las mañanas se arman y las tardes se viven y… Así me gustan los libros: reales, terribles, duros, pura vigilia. Libros desesperados donde las voces capturadas son ese saber que va más allá: “¿Vio señor lo persistentes que son los objetos?”. Los objetos, lo que no traiciona a esos seres traicionados. Una loca dice: “-No me dediqué a mi propia vida. Todo era fracturado…” Pienso ahora que la locura debe ser una vida fracturada, dividida, pero en este libro se agolpa toda-junta. Porque la locura de los hombres es casi relato, la de las mujeres, poesía, porque parece más hermética, por estar más expuesta. Alguien puede decirme que la locura de los hombres, es más extrema, quizá porque una mujer es más fuerte, es más constante, entonces su visión es terrible, no estamos acostumbrados a una mujer rota, perdida, desnuda, Auschwitz –dice Allegroni-, o Dachau o Buchenwald.

La locura busca, así, con un verbo intransitivo, como lo dijo Barthes para la literatura... Lo dice un poema sobre Tejera en este libro. Y me acordaba bien, Allegroni trató con la locura de hombres y se vio muy afectado por la de las mujeres. En ellas hasta el tiempo es inútil, sus cuerpos también están ausentes, como dice en la primera frase de la segunda parte del libro, pero los restos que dejan ya no son las manchas de los pantalones de los hombres.

Allegroni va tocando lugares fuertes en sus obras: la madre en un genial texto inédito se verá en Erminda. Aunque Allegroni ya había ensayado esta zona de la inaudita locura capturada en un libro y un autor completo, en Jacobo Fijman y Crónica de Sombras. Un libro que duda perfectamente entre la biografía, la autobiografía de otro y la imposible novela de la locura religiosa de Jacobo Fijman. Entonces, este fantasma benigno, Fijman que recorrió los mismos pasillos que los habitantes perdidos de Hospitales en una época anterior, aquí arrastra a poetas casi desconocidos que también andan ese mismo cielo de locura.

Locura como extremo pero también, como anota en este nuevo libro, “La locura entonces como una especie de coraza protectora contra las enfermedades del cuerpo”. Y porque es de los que sabe que hay que tener “Cerca, el dispositivo y las miradas ansiosas de aquellos que necesitamos del otro para entender que nuestra realidad se parece a un refugio devastado. Vamos, eso sí, a observar nuestra tranquilidad y el delirio ajeno”. La locura y el otro como una red, un amparo. Como la literatura.

Quizá los locos son “Padeceres del oído por no escuchar en plenitud el relato del dolor ajeno”. Una vez me contaron que para poder escuchar ciertos relatos extremos había que educarse, había que entrenar el oído, nadie quiere oír, nadie quiere saber, eso vemos a veces sin todavía enloquecer.

En literatura y en locura parece que se trata del tiempo: Será porque los enfermos pierden la piel (como Fermín Bustos) y al perder cuerpo son ¿sólo ocasión de tiempos? Como Luis Tejera que en el hospital se vuelve un "cuerpo envarado, como perdido en una historia incomprensible". Los locos han perdido el cuerpo y "No hay nada que sustituya los cuerpos" por eso comparten el tiempo, como Valenzuela con Tejera... pero teme que "el tiempo no funcione mas"...

En el Borda de Hospitales se trata del tiempo, del tiempo del deseo de esos hombres y de esas mujeres solos también, de "una hora indefinida y un sol extraño", fiel compromiso romántico del siempre tiempo-que-hace y el mal... Como la hermosa frase:" Es una mañana de julio con todo el frío del campo". Pero como escribió Rienzi, "el tiempo no tiene adonde ir", como el lugar no tiene adonde ir para Mekas. Por eso se queda acá, en el relato, y hace literatura buena, como cuando escribe: "... Por la mañana cuando el hospital es otra cosa/ Parece que todos estuvieran apurados por la mañana, / en cambio por la tardecita, / cuando baja el sol, es al revés, /Parece que la locura anduviera descansada".


En Hospitales de Allegroni los locos son los guardianes (Meneghini se tapa la boca cuidando, piadoso, al interlocutor) y dan voz al testigo. Efraín habla su relato como una obligación y Allegroni dice: "Yo, testigo de las voces". En Hospitales, algunos se van, algunos se curan, pero con curas de muerte, son desapariciones. Porque volver a la razón es siempre perder.

Y claro que son retratos de soledad, de dolor, de la experiencia de haber andado ahí. La experiencia de Allegroni y la de los internos como Alfredo. Hospitales son fotos que vuelven para quedar atrapadas por este singular relato-poesía.

Laura Estrín.