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Reseña por Laura Estrín

28 de Noviembre de 2017

Por Roberto Raschella
La Follía Utopística vive en la lengua de Roberto Raschella.
La Follía Utopística vive en la lengua de Roberto Raschella. Lengua al borde de la vida, que se ve, que se deja retratar. Dos hombres en un cementerio: padre e hijo. Ni viajeros ni testigos, sobrevivientes. El hijo se pregunta, habla, anota la vida; lleno de palabras, de historia. Vivir es recordar, historiar, nombrar la familia, el camino familiar: la naturaleza propia. Y la lengua viene de las palabras que le pertenecen: adjetivos doblados en verbos, nuevos movimientos del italiano traído por los padres.

Siempre en Raschella la literatura es la reflexión de la tragedia del XX, vieja contienda en nuevo relato que sostiene otra vez la vida dejando atrás ese mundo imposible, la utopía perdida, aunque encontrando formas para decirlo.

Fin de la esperanza, viejo tema renovado aquí. Despojo, piedad y muertos propios: la madre. Desde el comienzo se trata de eso. De lo que siempre se trató. Desde Diálogo en los patios rojos. Un solo libro de diálogos es toda la obra de Roberto Raschella: "No todos los diálogos humanos se establecen en el acto, o palabra por palabra..." –dice La follía Utopística. Diálogos que son una larga enumeración monologante de milagros y tristezas, nombres y figuras que azotan la vida y la muerte. Una conversación a solas con breve familia que no se apaga. Raschella es un sobreviviente de su lengua y de su propia obra.

Vuelve a escribir y desafía toda modernidad ilusoria con su original retorno repetido: en los desusados-desoídos nombres que pone, en viejos revolucionarios perdidos, en conocidos mitos. Modo que solo pocos escritores tienen: reescribirse, solo eso. En la contemporaneidad Leónidas Lamborghini, Héctor Libertella y Hugo Savino, en diferentes políticas de la lengua y del relato.

Un fragmento de esa lengua son esas casas ajenas en que se vive y de las que  uno se aparta en tristes mudanzas, renovado cruce con la obra de Hugo Savino, allí donde emigrados de sucesivos desplantes hacen el retrato de la pobreza del origen convertida en oro de la escritura. Anota Raschella en su nuevo libro: "Y las mudanzas acercaban locura y muerte".

Confía Raschella en que no escribe temas sino que se sostiene difícil estructura. Donde se pierde –asegura- más de lo que se recupera… Porque temas hay pocos, dos: la vida y la muerte. Aunque está también su música: la ópera, el tango y la milonga. Y el relato se queda pensando en los que bailan y los que escuchan pero siempre se trata de los que tienen visiones: "Visiones, todas visiones, entre vida y muerte".

La follía utopística es una historia pero también es la historia: de generaciones, de hermanos y mundos idos: "la condición de hermanos pide siempre un tiempo de reflexión antes del reconocimiento" –dice aquí.  

En las páginas de Raschella siempre se trata de una moral,  de una manera de vivir y esperar, por lo que todas las frases son columpios de experiencia. Dos veces pide al padre:" Quiero que entiendas". El alma clama detrás de la voz que se escuche ese cierto saber solitario, de la esperanza, del amor, de la follía utopística.

Y el relato se arma en apartados. Si el todo es llamado 'jornada', ese día en La follía utopística tiene 8 partes. Amable repartición y escanciado de epígrafes distintivos.

Entre tanto y entre finos arrobos de palabras va contando tartajeantes pedazos de historias, de amor todas, de familia todas, historias que se mezclan entre la música de sabidas óperas. Con nombres que se hicieron historias comunes y por eso van con minúsculas. Los personajes-nombres –la literatura de Raschella es la alegría de los nombres- caen unos en otros: Clemar puede ser Rino... Aixa es…Y las palabras-ahora-historias anudan preguntas en la madre, el padre, entre las manos, la bondad, el secreto y el olvido. Por eso el hijo narra, cuenta los interrogantes posibles de esas vidas. La bondad que lleva tal vez a la poesía y de "la muerte que suele ser irónica también"... A cada milagro un nombre, dice el libro.

Y la lengua-estructura que escribe nos hace seguir leyendo. Un reloj sincronizado al tiempo, también al tiempo histórico, donde si algunos se resistieron a explicar sus pasajes, sus fragmentos, otros corrieron a organizarlos, mientras Raschella siguió escribiendo, haciendo coincidir cuerpos y palabras. En ellos, desolación y miedo se comparten, alguna cobardía se sabe y dice.  Pero lo que brilla aún en la obra de Raschella es la idea, la que además gobierna toda su poesía. Ética-estética sin salto o luego de él, un origen que parece anterior a todo inicio.

Raschella no escribió desde siempre. Primero fue otras cosas. Raschella dejó algunas utopías: "Pero es cierto que el sol no sale para todos, y el sufrimiento no embellecía a nadie, y nuestras ocultas melodías debían ser calladas: Era una gran pérdida de amor, una gracia abandonada que muy pocos podían recoger" (La follía utopística). Un genial nombre, el del reciente relato de Milita Molina se acerca a este camino de escritura: son también aquí las destrezas del desesperado, un infortunio potente. Es ese algo con que los sobrevivientes sobreviven, piadosos esperanzados en alguna técnica que reversione una única revolución. Eléctrico aguijón por el que se sigue escribiendo.

Raschella hizo cine: lo dice, lo recuerda. Un mundo que triunfaba, las mujeres que podían, Lenin resucitado, luces que hacían señas en la juventud que ya tenía su fracaso. Por entre todo eso, las preguntas pequeñas, diáfanas: Una mujer sarcástica que con o sin lluvia usa un piloto –anota La follía...

Estos diálogos de Raschella luchan, encuentran y tornan variado el poder decir, el poder escribir. Son viejos diálogos caminantes. Y lo dicen: "Viejos y ofendidos". Por supuesto que ninguna polifonía: solo un narrador vuelto voces. La literatura como un anillo o agujero. Lo que aprieta y sin embargo se pierde igual, lo que se cae, un revoltijo de cosas-recuerdos donde no se trata de estética sino de un modo o manera. En Raschella, desde el título, se vuelve con palabras arrumbadas, que no son cualquier cosa, son "manifiestos", esos papeles que envejecen pronto pero que él se place en recomponer y traer cuando se "lavan fachadas" y la política es sonreír cínico. Figuras fantasmales que no temen la excesiva metáfora.

Es una literatura fuerte –adjetivo que siempre le place-, hay que poder aguantarla, como la aguanta bien su propia lírica que la separa de pesadas formas, pesadas montañas como las de las novelas de tesis o las de la más cercana contemporaneidad que por pura expresión abandonan la única potencia: la impresión del autor, la impresión del lector. La follía utopística se salvaguarda de semejantes torturas en la libertad de escribirse a sí misma otra vez, inmodesta filigrana de reconocerse autor. Otra vez, a la italiana, Raschella traspone palabras, las pone detrás de los sustantivos que el castellano espera: "la casa mía", y así algo juega y algo abre. Por eso sobreviviente. De varia e infusa realidad sombría.

"Pero siempre ha sucedido que toda alteración profunda de la vida hasta ayer considerada normal obliga a recluirse en sí mismo"- escritura que hace saber. En los epígrafes también o cuando el padre dice casi en oración al hijo que narra: "los sueños son crímenes cuando no quieren hacerse realidad... Un sueño que solo fue sueño... Destruye a quien se le acerca...": Saber de palabras. Saber poder decirse una vez más.

A Raschella se le agradecen las palabras que hacen saber, como cuando dice que el sol es una idea de lejanía, como cuando dice-sabe que las palabras una vez dichas nos persiguen hasta que las concretamos, palabras de amor -dice el relato o el padre en el relato. "No hay modo de deshacer la palabra... No hay modo de extraviarla en el Infierno..."

Raschella también sabe que "entregar la vida a cuenta de una buena idea no es bueno, como le sucedió a tu padre... La mente es siempre una pobre sombra". Saber del arte que se alcanza y saber del que no se alcanza. Porque el corazón nunca perdona. Y Raschella sabe que el tiempo de la utopía es fácil. Es mejor trabajar, es mejor la tristeza que la sinceridad -escribe. ¿Realismo? De ningún modo: Sobrevivencia. Y mientras el relato-voz avanza, el saber se encona y pregunta. Y exige: seguir sin seguir a nadie. Y siempre el encuentro de opuestos: Amor como furor y culpa.                                    

Raschella escarba, es un buen buey empantanado -como escribió alguna vez-  que vive entre palabras encontradas como en la casa encontrada, el nombre de su último libro de poesía. Raschella vuelve con palabras en desuso, con bellas palabras encontradas, algunas dobladas del italiano como siempre lo hizo en su obra. Escritura toda poesía: “somesa, brívido, baratro, bufera, gara, aguzinoz” y el “rúvido” de obras anteriores. Y los ríos de esas obras también: El Turbio y el Claro. Hay miles de esos encuentros por página: dialecto que lo seduce -dice por allí. Palabras de época, palabras de zona una vez más. Palabras que hicieron cosas: "y acaso eran solamente palabras de religión con los pies en los aires y la cabeza en la inmensidad" (La follía utopística).  Mucho más que representación, transposición. Purísima historia real que puede reescribirse entre "poetas geniales y los linotipistas, enemigos naturales entre sí, salvo en el caso de algunos poetas artesanos".

Es Pavese revisitado. Y, por supuesto, su “terra trema”. Raschella repasa los infinitos nombres de las palabra y todo el tiempo asegura que por más metonimia las cosas se ajustan en sus opuestos: El invisible enemigo tiene infinitos nombres y una sola condición, dulce y feroz sentimiento, pero no es ditirambo de ´todo pasado fue mejor”. Si llovió en Siberia –como pone el relato-, puede hacerlo aquí, pero: ¿aún ahora?

Quizá pudo habérselo dicho-escrito más sencillo: ¿sería lo mismo? Porque aquí hay Historia, Pasión, Manufactura (terribles mayúsculas), Trotski otra vez asesinado… ¿Más sencillo?: Se trata aún de la revolución. Raschella anda ahí, por eso sobreviviente: es de los que insisten para siempre como Libertella, y en numerosos lugares nos lo recuerda: "Y sería imposible abatir la follía, que es mezcla de alegría y de locura, y que forma parte de toda razón humana, pero se respondería a ella solamente con la gioia, que es alegría de comedias, y así toda tragedia se extinguiría en muerte pura y semejante...."

Pero no sobrevive reponiendo nostalgia. La nostalgia la tenía ya de joven, ahora  se trata de escribirla una vez más, retratar esas imágenes que vuelven y dicen que resistir, avanzar callando y aceptando, es claro movimiento religioso, siempre... "No estaba de más recordarle a Dios sus deberes con la humanidad en general y con la familia nuestra en particular, pero sin una lágrima, sin una esperanza. Así, entre sumisión y rebeldía, como queda dicho, entre resignación y en el sofferto silenzio". 
 
                    
La follía utopística, una novela como un catálogo del tiempo vivido. Retahíla de mujeres, hombres, viejos, bien escritos, solapados por la tristeza o la desatención de la historia, actrices y actores recordados vivos en antiguas escenas mil veces vistas: "Era todo tan huidizo, tan mísera era la propiedad de fijar el fantasma de cada cuerpo sometido a la luz y al movimiento". Belleza lírica que arropa el pasado pero descubre la tristeza presente. La alegría de las palabras es la tristeza de los cuerpos: Raschella encuentra hábiles palabras para descampados seres.

Y la ciudad. Y las calles. Una frondosa y deshilachada corte de los milagros: suplicantes, dolorosos, apartados, mezquinos –como anuda el relato.

La escritura de Raschella invita a la escritura. La fina descripción hace de las suyas en lectores cercanos a ese mundo perdido y abandonado por casi todos. Como perros humanos -como allí se sabe. Escritura fiel al mundo como perro fiel de la soledad. 
La soledad repasa la melodía de su obra: ¿"o estar en compañía, sin preguntarse por el afecto" es posible?

Soledad fiel, fiel a palabras de época como la acaroína con que se espantaba a esos mismos perros. Palabra como adjetivo del tiempo. Siempre uno solo: “seres atrabiliarios”, “monjes invertebrados”, “simple presencia”. Y se sigue hasta el infinito este modo de mirar el pasado propio y ajeno a la vez, por deseado-incumplido. Pero todo eso es solo la espera, la espera de esa utopía temprana y tempranamente caída. Una teoría dicha con todo lo que arrastró, con todo lo que llevó y trajo de desilusión, pero de nunca perdida inocencia. Inocencia loca, de la paz y de la guerra que es la que arrastra la follía utopística.

Una literatura que viene de atrás, un nuevo libro que arrastra otra vez el “País” que Raschella trajo en todos los anteriores. Todo dicho: "mundo cerrado, núcleo del arte". El devaneo justo de la voz del relato sabe qué dice, sabe qué arma. Arma un hilo continuo donde una luz del presente, la lengua, hace vibrar esa misma cuerda que lleva al pasado: "la realidad suele presentarse como una terrible fosforescencia del pasado". Y la literatura la repite, la vuelve a poner. Literatura cuyo motor, la nostalgia, no sé si será perdonada. Pero es
 la realidad-verdad de su lengua la que va recorriéndola.

                                                                                                          Laura Estrín